Los mitos del marxismo cultural

por | 29 / Jul / 2018 | Academia, Análisis, Opinión, Política

No deja de causar sorpresa el revuelo que ha causado el término “marxismo cultural” entre círculos conservadores y algunos grupos identificados como liberales clásicos. La idea de una conspiración ideológica fraguada desde la izquierda para socavar los valores tradicionales que construyeron la sociedad occidental actual, genera sin duda una mezcla de curiosidad, temor y duda.

Sin embargo, para evaluar objetivamente el llamado “marxismo cultural” en las agendas políticas actuales, es necesario tomar en cuenta algunos puntos clave:

En primer lugar, la lucha de clases del socialismo llevada desde el terreno cultural se aleja de la visión tradicional del marxismo clásico, que se enfoca en la transformación del sistema económico. La idea de que los cambios políticos anhelados por los revolucionarios de izquierda debían promoverse fundamentalmente desde la superestructura de valores y principios sociales no es propiamente “marxista”. Podemos encontrar sus antecedentes más bien en Antonio Gramsci, a partir de sus ideas sobre hegemonía desarrolladas durante su cautiverio en la cárcel, en pleno régimen de Mussolini.

Este detalle ya ha sido señalado con anterioridad desde el ámbito académico. En un artículo titulado El marxismo cultural es un oxímoron, del fundamentalista cristiano y libertario Gary Norht (citado por John Bermeo para el Mises Institute) escribió:

Cualquiera que considere el marxismo cultural como marxismo no ha entendido nada de marxismo. No en vano, tal postura es común en círculos conservadores.

Gramsci argumentó, y la Escuela de Frankfurt siguió su ejemplo, que el camino para que los marxistas transformaran occidente era a través de la revolución cultural: de ahí surgió la idea de relativismo cultural. El argumento era correcto, pero el argumento no era marxista. El argumento fue hegeliano. Significaba darle la vuelta al marxismo, así como Marx había puesto a Hegel de cabeza. El marxismo en los primeros días se basó en un rechazo del lado espiritual del hegelianismo. Estableció el modo de producción en centro del análisis de la cultura capitalista.

Seamos claros y directos: Marx estaba equivocado y Gramsci tenía razón. El marxismo ortodoxo no fue la causa primaria de la contracultura. La contracultura se basó en la cultura […] El marxismo se comprometió a defender el cambio cultural a través del cambio del modo de producción.

[…] El problema es este: los conservadores de hoy toman demasiadamente en serio las declaraciones de los marxistas culturales, que en realidad no eran marxistas. Ellos eran básicamente progresistas y socialistas. Más aún, ellos habrían sido objetivos de Marx en 1850”.

Más aún, quienes relacionan este principio con los “marxistas culturales” afirman que estos últimos toman sus ideas de la Escuela de Frankfurt, fundada en Alemania en 1923 gracias a un rico judío alemán llamado Hermann Weil. Respecto a este punto, conviene tomar en cuenta que la idea tuvo más fuerza en los Estudios Culturales que en el Instituto para la Investigación Social.

Los principales representantes de la Escuela de Frankfurt no enarbolaron ninguna lucha progresista. Horkheimer, Adorno y Habermas, por solo citar a los más destacados, desarrollaron ensayos y estudios fundamentalmente enfocados en el racionalismo, la dialéctica y la comunicación de masas alrededor de la teoría crítica con principios filosóficos elementales, pero siempre en revisión y a veces en contraposición entre sí.

En sus últimos años, Horkheimer reivindica ciertos valores conservadores a través de reflexiones sobre la Teoría Crítica recogidas en Sociedad en Transición. Defendió el concepto de infinitud desarrollado por las religiones, o la doctrina del pecado original formulada por Schopenhauer («cuando podemos ser felices, cada minuto es comprado con el sufrimiento de un sinfín de otros seres, animales y humanos»)

Respecto al abordaje de la familia como pilar occidental, en la obra Estudios sobre Autoridad y Familia, la Escuela de Frankfurt relaciona el autoritarismo social con la estructura patriarcal de la familia feudal, pero no plantea nada parecido a la idea de destrucción de la familia tradicional que enarbolan algunos conservadores e incluso, en Crítica de la razón instrumental (otro ensayo frankfurtiano) se rechaza toda perspectiva revolucionaria de su crítica social.

Entonces, ¿de qué se trata el marxismo cultural? Si la Escuela de Frankfurt no es un bloque homogéneo de socialistas intelectuales decididos a acabar con los valores occidentales, ¿qué es entonces?

Desde el punto de vista estrictamente académico, el término “marxismo cultural” no existe. El Instituto para la Investigación Social fue popularmente conocido como Escuela de Frankfurt y sus obras fundamentales se basan en la teoría crítica. A pesar de que el instituto data de la década de 1920, en término “marxismo cultural” no se comenzó a utilizar sino hasta la década de 1990.

El concepto de “marxismo cultural” surgió de grupos conservadores en Estados Unidos que relacionaron los postulados frankfurtianos con una idea conspirativa de destrucción de valores occidentales. Sin embargo, a la luz de las principales obras de dicha escuela, esta idea conspirativa carece de sustento. Los autores de la Escuela de Frankfurt no tienen relación histórica alguna con ningún lobby progresista. No hay obras “marxistas culturales” que reivindiquen la ideología de género u otros postulados de la izquierda progresista.

Principales postulados frankfurtianos

Los pensadores del Instituto para la Investigación Social evaluaron el capitalismo y el totalitarismo desde un contexto en el que el fascismo y el comunismo stalinista dominaban Europa. Durante el régimen nazi, los representantes de la escuela, casi todos de ascendencia judía, debieron exiliarse para no ser perseguidos por la Gestapo. Esto influyó en su obra y desarrollaron una serie de reflexiones críticas sobre las sociedades capitalistas y cómo estas –a su juicio- conducían al totalitarismo.

Dentro del ámbito de la teoría crítica, se considera que la clase obrera es alienada por los medios de comunicación de masas para incorporarlos dentro de la cultura burguesa. Esto se debe a que en su perspectiva comunicativa, la Teoría Crítica atribuye a los medios de comunicación de masas el papel de controlar a la audiencia de manera casi absoluta para imponer patrones de conducta propios del consumismo. Esta idea no es nueva, y forma parte de las ramas de la teoría de la comunicación que evalúan a la audiencia a partir del concepto de masas.

Los pilares de la Teoría Crítica se pueden resumir en: a) la defensa de la dialéctica negativa -no todo lo real es racional, de acuerdo con Adorno-; b) la crítica al positivismo; c) el rol reaccionario de los medios de comunicación al servicio de “intereses burgueses” y d) la idea de la mediación del conocimiento, es decir: para los académicos de la Teoría Crítica, toda producción teórica está determinada por los procesos históricos y sociales bajo los cuales se ha desarrollado, por lo que no puede ser imparcial.

Todo esto se aleja de la teoría de conspiración que relaciona toda agenda distinta al conservadurismo con el “marxismo cultural”. Sorprende que se haya reducido toda una serie de reflexiones y obras filosóficas, sociológicas y comunicativas a una teoría de la conspiración para “destruir occidente”. Si bien en la práctica distintos grupos de corte ideológico socialista han empleado la retórica de la lucha de clases en su agenda y han tomado algunas críticas frankfurtianas para cuestionar valores occidentales, lo cierto es que las reivindicaciones para la comunidad sexodiversa, feministas y otros grupos no pueden considerarse en sí mismos “marxistas” ni relacionarse directamente con la Teoría Crítica.

De hecho, lo anterior no es más que una falacia de asociación. Este tipo de falacia inductiva relaciona las características de un grupo específico con otro, concluyendo que son lo mismo. Es decir:

  • A pertenece al grupo B
  • A plantea X idea o posee Y característica
  • En consecuencia, todos los que pertenecen al grupo B poseen las mismas características e ideas de A.

Llevada al contexto que nos compete, esta falacia se utiliza en ideas y debates entre conservadores y liberales/libertarios de la siguiente forma:

  • Juan defiende el matrimonio homosexual
  • Juan es socialista y plantea que el Estado debe imponer censura a la religión.
  • En consecuencia, todos los que defienden el matrimonio homosexual deben ser socialistas (y el matrimonio homosexual es una idea socialista).

En resumen, todo el ideario del “marxismo cultural” como teoría de conspiración fraguada presuntamente para destruir los valores occidentales es histórica y teóricamente falso. Pero además, la retórica de que la defensa de cualquier reivindicación social opuesta al conservadurismo es “marxista cultural” es también una mera falacia inductiva desde un punto de vista lógico.

Del mismo modo en el que socialistas emplean el término “neoliberalismo” como un peyorativo vaciado de contenido para descalificar toda idea contraria a sus postulados, algunos conservadores usan la acusación del “marxismo cultural” para atacar todas aquellas ideas, principios y reivindicaciones en las que naturalmente, no creen.

No hay ninguna conspiración marxista internacional en contra de los valores occidentales. A la luz del sentido común, podemos concluir más bien que a efectos de propaganda, los socialistas han sabido capitalizar el descontento de grupos tradicionalmente marginados en favor de su discurso para ganar adeptos, lo que no convierte a estos grupos ni a todo el que abogue por sus libertades individuales en “marxistas”.

La generalización es falaz y en muchos casos, deliberadamente malintencionada.

Referencias y enlaces de interés:

 

Vanessa Novoa es una periodista y liberal venezolana. Fue directora regional de Estudiantes por la Libertad Venezuela y miembro del Consejo Ejecutivo de Estudiantes por la Libertad para Latinoamérica. Es miembro fundador del Freedom Club International

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